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miércoles, 25 de agosto de 2010

JORDANIA: Petra - La Ciudad Rosa del Desierto - Parte I y II



Petra (de πέτρα "petra", rock in Greek; Arabic: البتراء, Al-Butrā)

Petra, la ciudad rosa del desierto jordano, es conocida, sobre todo, por el bello color de sus piedras. A menudo se olvida su importancia histórica, como sede de los edomitas, enemigos de Israel en el Antiguo Testamento y más tarde de los nabateos, pueblo nómada árabe de excelentes comerciantes, intermediarios entre el Próximo Oriente y Occidente.

Sólo el pueblo romano, en el siglo 11 d.C. cambió la suerte de Petra, que permaneció olvidada durante diecisiete siglos.

En el actual reino de Jordania, en los límites del mundo civilizado occidental, se encuentran las ruinas de la antigua ciudad de Petra «LA PIEDRA», término que no parece referirse a una ciudad, sino a un elemento del reino mineral.

Lo que denominamos «Petra», a menudo con el añadido de «la ciudad rosa del desierto», título de nuestro trabajo, no es, en realidad, sólo o únicamente una ciudad.

En los últimos tiempos, el esfuerzo de los viajeros y arqueólogos ha permitido conocer quienes eran sus habitantes, donde vivían, qué pensaban y cuales eran sus dioses.

En el sentido actual de la palabra, entendemos el término «ciudad» como «un conjunto de calles y edificios», o «un núcleo de población, generalmente grande, que antiguamente gozaba de mayores prerrogativas que las villas».

De la ciudad que fue capital de un reino de nómadas nabateos no quedan hoy casi estructuras construidas, ni muchas ruinas de muros o edificios públicos. Podríamos decir que Petra «No es», puesto que es el paisaje y no sus estructuras ciudadanas visibles las que nos permiten hablar de ella como «la ciudad rosa». Petra es un círculo de rocas rosas, naranjas, amarillas, que cambian de tono a cada instante según cambia la situación del sol en el cielo. Un círculo de rocas, de montañas, sobre las que dominaba la Luna, la diosa de la fertilidad, al'Uzza, la principal diosa de los nabateos, que iluminaba con sus pálidos rayos los altares de sacrificio, denominados «lugares altos», donde debieron morir numerosas víctimas humanas en las noches de primavera.

Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que el Próximo Oriente tiene dos coordenadas que lo condicionan morfológica y geográficamente: Los ríos y el agua (1).

Efectivamente, sus primeras civilizaciones conocidas se encuadran en las cuencas de los ríos Tigris, Eufrates (sumeria, acadia, babilonia, asiría) y Nilo (egipcia), por lo que se acuñó para ellas el término de «civilizaciones hidráulicas».

Además, enormes extensiones de desiertos rodean las fértiles tierras regadas por las aguas de estos míticos ríos, como el del Sinaí, tan cercano a Egipto o el gran desierto de Arabia, cuna de los pueblos semitas, que bordea el Golfo Arábigo o Pérsico. En él se encontraba, entre otras, la isla de Dilmún (hoy Bahrain) con sus minas de cobre, ya conocidas desde el III milenio a.C., cuyos dátiles eran famosos en Mesopotamia, formando hoy parte de los Emiratos árabes, grandes centros distribuidores de las riquezas que confluyen en ellos desde el Extremo Oriente, como primera escala de la encrucijada entre Oriente y Occidente que es esta gran zona.

Desde aquí, las mercancías llegaban también por un mar de arena, los desiertos de Arabia y Jordania, a través de difíciles rutas jalonadas de peligros, hasta los puertos del Mediterráneo. A partir de aquí, los pueblos costeros, entre ellos los fenicios desde el siglo x a.C. como antes los palestinos y los cicládicos del II milenio, se encargaban de distribuirlos por todo el Mediterráneo e incluso fuera de él en grandes caravanas de camellos, animal crucial para este tipo de comercio por zonas desérticas.

Arabia, según Herodoto

«Es la más meridional de las tierra habitadas. Y es el único país que produce incienso, mirra, cinamomo y resina. Y todos estos productos, a excepción de la mirra, los árabes lo extraen con dificultad. El incienso lo obtienen quemando estoraque, que los fenicios exportan a Grecia; lo queman y entonces obtienen el incienso. Los árboles que producen incienso los custodian serpientes aladas, de pequeñas dimensiones y variados colores, que revolotean en torno a cada árbol. Éstas son las serpientes que invaden Egipto».